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La relación padre e hijo cambia a medida que van pasando los años. No porque los tiempos cambien, sino porque en ese proceso de crecimiento hay sentimientos diferentes. Mientras se es más pequeño, más ganas le dan al niño de estar con su madre, pero al ir creciendo podemos notar que los hijos se vuelven más distantes y esto depende del sexo del niño.

A los 8 años, por ejemplo, los varones ponen a su madre en un segundo plano, ya que se interesan más por ciertas cosas y son aquellas que pueden realizar junto a su padre. Lavar el auto, jugar a las luchas, salir de excursión o ir al fútbol, son cosas que normalmente las mujeres prefieren dejar para sus esposos. A medida que vayan creciendo, se irán independizando y no necesitarán nada de nosotros, más allá del dinero, la comida y cualquier otra cosa material que podamos darles.

Cuando los hijos son adultos, llega el momento en el que finalmente no nos necesitan más y se irán de casa a formar su propio hogar. Al ocurrir todo esto hay una gran cantidad de sentimientos encontrados. Según un estudio de la investigadora Debra Umberson, cuando los padres y los hijos son adultos, estas relaciones se caracterizan por estar presente la ambivalencia, que es cuando hay una mezcla de sentimientos y emociones, tanto positivas como negativas, pero son las negativas las que pueden estar más presentes en la vida de los adultos.

Hay familias que son muy unidas y solidarias y pueden vivir cerca, siempre están en contacto y buscan el bienestar común, aun cuando los hijos tienen su propio núcleo familiar formado. Padres e hijos deben compartir el deseo de apoyarse en cualquier situación, sin importar qué ocurra entre ellos. Si se cría a los hijos para ser personas de bien y ellos toman los mismos valores que nosotros les enseñamos para su nueva vida, será más fácil tener una buena relación y comunicación.

Lo principal es la comprensión, pues por un lado, los padres se están enfrentando a la vejez y ambas partes deben entender que ellos necesitarán más atención y cuidados por parte de los hijos. Por otro lado, estos últimos se enfrentan a la vida adulta, que está llena de problemas tanto en el campo laboral como en el familiar y es posible que este estrés no les permita dedicarse tanto a sus progenitores.

Algunas personas prefieren evadir sus sentimientos hacia el prójimo y actuar como si nada de eso les importara. Lo más sano es hablar claramente y poner las cartas sobre la mesa. Como se ha dicho anteriormente, es muy importante la comprensión, pues no debemos esperar más de lo que podemos dar.

Fuente: plusesmas.com