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Cuando tenía 15 años de edad, tenía serios problemas en mi vida. El principal era la ansiedad. Lamentablemente, mi padre de joven fue una persona que atravesó episodios de ansiedad muy fuertes, así como mi abuelo… En fin, fui tocada con ese gen y me afectó muchísimo.

Recuerdo que estando en el colegio, comencé a sentir un cambio repentino en mi respiración. En mi cabeza había mucha incertidumbre, llegué a creer que estaba parada frente a una cornisa, cuando en realidad estaba simplemente de pie frente a mis compañeros a punto de hablar sobre el ensayo de sociales que había realizado.

Al principio, creí que simplemente se trataba de un estado de nerviosismo muy fuerte, pero las semanas siguientes fueron peores, porque me sentí exactamente igual de camino a casa y en el cine. No entendía lo que me sucedía. Mis amigos estaban muy asustados por la forma en que me comportaba. Mis padres todavía no estaban al tanto de lo que me sucedía, pero en una oportunidad, yendo al supermercado, mi mamá vio lo mal que me puse, como si me faltara el aire y un llanto inexplicable que salía de mí. Le preocupó mi conducta y la semana siguiente fuimos a un psicólogo. Ella sospechaba que quizás yo estaba sufriendo de ansiedad, pues, mi padre le comentó que él la había heredado de su papá y su abuelo.

En efecto, el psicólogo indicó que tenía una enfermedad que debía ser remitida con un psiquiatra para que me pusiera el tratamiento más efectivo. Mi mamá estaba aterrada al igual que yo por esta situación. Visitamos al psiquiatra y luego de una serie de exámenes, me prescribió una serie de medicinas para mejor las conexiones de mis neuronas y equilibrar los procesos químicos en mi cerebro.

Pasé así alrededor de dos años, pero por mi edad, yo no me quería convertir en una dependiente de medicinas para poder ser feliz. A pesar de que me iba excelente tomándolas, sabía que yo tenía que superar eso de otra manera. Mi madre estaba tranquila porque desde el consumo de los medicamentos no volví a tener ataques de ansiedad, pero en un viaje en el cual dejé todos los medicamentos en el bolso equivocado, pasé casi semana y media sin tomarlos. Al principio no sentí tanto el cambio, pero justo al quinto día, comencé a sentirme mal, muy desesperada, mi sudoración repentina se manifestó y volvió el ataque de ansiedad.

Mi mamá buscó otra alternativa por internet para intentar dejar el consumo de esos medicamentos que no me curaban, sino que eran una suerte de paños tibios, y fue así que conocí Vivir sin ansiedad, del especialista Erick Gutiérrez, un método que cambió mi vida para siempre y ya no sufro de ansiedad.

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